domingo, 19 de marzo de 2017

Nightmares


Monsters are real, and ghosts are real too. They live inside us, and sometimes, they win
-Stephen King


I

Abro los ojos, ¿dónde estoy hoy?
Me encuentro rodeada de personas, mis amigos, todos ríen. Aunque no sé qué me causó tanta gracia, río con ellos. Tenemos esa risa exagerada, estrepitosa, propia de aquellos cuyas venas tienen la cantidad justa de alcohol. 

—Vamos al hotel —dice alguien, no logro distinguir quién. 

Le sigo con total confianza, el viaje se me hace rápido, tal vez sería más apropiado decir que no recuerdo cómo pasamos a estar en esta especie de lobby. Más personas se unieron a nosotros, no son mis amigos. La sangre de los presentes se calienta, producto del alcohol, el tono de la conversación sube. No me gusta. Las palabras pasaron a hechos, un trago cae sobre mi piel y una lengua lo recoge, siento asco. Me encuentro rodeada de personas, amigos y no-amigos, todos ríen. Yo no. 

—¡Quítate la ropa! —gritan. 

No escuchan mi negativa, pronto me veo despojada de mis prendas. Mis amigos se van, no puedo seguirlos porque unas manos más fuertes me aprisionan. Veo cómo se van, veo cómo ningún rostro se voltea a buscarme, veo lo inevitable, no deseo ver más y cierro fuertemente mis ojos. 
No sé qué pasó, no quiero saberlo. Estoy sola con este rastro a sudor ajeno, con estas huellas que ya no podré borrar. De tantas cosas que decidí olvidar, no recuerdo cómo llegar a la habitación. Subo al ascensor, son demasiados pisos para revisar uno por uno, presiono un botón al azar, una estrategia tan buena como cualquier otra. 

—Aquí no es. Piso equivocado. ¡Aquí no es! ¡AQUÍ NO ES! —voces anónimas me llenan de desesperanza. 

Veo por un hueco, está justo encima de mi habitación. No sé cómo llegar allí, volver sobre mis pasos me parece internarme otra vez en el laberinto. El agujero es grande, con poco esfuerzo entro y caigo en una cama. Todos despiertan, me miran en silencio, como si entrar de esa forma fuese normal. 

—Me voy a bañar —digo, con una sonrisa que no debería tener. 

Intentan detenerme, no es mi turno de bañarme, soy una exagerada, solo fue un poco de licor. Ignoro sus palabras y entro a la ducha, deseando ahogarme. 
Abro los ojos, estoy en mi cama y no puedo respirar.


II

Abro los ojos, ¿dónde estoy hoy? 
Siempre me dije que los funerales no eran lo mío, nunca fui a uno, nunca iría a uno, ¿qué me hizo romper mi palabra? Tengo lágrimas en los ojos, busco con la mirada entre los presentes, para saber quién falta. La realidad me toma por sorpresa. No puede ser ella, pero lo es. 

—No hay nada para comer —mi padre comenta, preocupado. 

No podría importarme menos, quiero preguntarle qué hace allí, pero la pregunta muere en mi garganta. Ha pasado poco tiempo desde que la enterramos, desearía recordar si plantaron un árbol en su tumba, como ella quería. Dentro de mí algo me dice que no, tampoco me importa mucho. 
Algo más ocupa mi mente en estos momentos, tengo una pluma y una hoja, intento escribir. Líneas con puros garabatos van apareciendo ante mis ojos, a pesar de ser frases coherentes en mi mente. Empiezo a frustrarme y presiono con mayor fuerza el bolígrafo hasta que se rompe. 

—Tranquila, mira, como nuevo —unas manos suaves toman las dos partes, uniéndolas. 

Miro a mi hermano, hace cinco segundos no estaba a mi lado, ¿o siempre lo estuvo? La tinta fluye como si nunca se hubiese roto su contendor, nuevos garabatos aparecen. La frustración ahora es contra mí, estoy quebrada, arreglarme no es tan sencillo y lo sé. 
Abro los ojos, estoy en mi cama y lloro.


III 

Abro los ojos, ¿dónde estoy hoy? 
Qué acogedora es esta casa, la familia en ella se ve tan feliz, después de mucho ahorrar lograron tener su pequeño sueño. Es una pena. Cuando supieron que la casa venía con personal de limpieza, no hicieron muchas preguntas. A caballo regalado no se le mira colmillo. Es una pena. 
Todo iba bastante bien, el padre traía el pan a la casa, la madre se quedaba con su hijo, aunque estaba considerando volver a trabajar, tener alguien más le permitía esa posibilidad. La señora, como le decían, era hartamente halagada. Una experta tanto en la cocina como en la limpieza. Todo iba bastante bien, hasta que la voz comenzó a susurrarle que era hora. 
El reporte oficial diría que fue un trágico caso de homicidio seguido de suicidio. Problemas de dinero, alcohol, fue demasiado. El hijo, envenenado, fue encontrado en su silla alta, como si durmiese después de comer. La madre, apuñalada múltiples veces, en la sala. El padre colgaba de una viga, su cinturón dejando una visible marca. Una muestra clásica de la desesperación. Nadie supo jamás que existiese alguna criada en ese hogar. 
Abro los ojos, estoy en mi cama y con cada parpadeo las escenas se repiten.

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