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domingo, 19 de marzo de 2017

Nightmares


Monsters are real, and ghosts are real too. They live inside us, and sometimes, they win
-Stephen King


I

Abro los ojos, ¿dónde estoy hoy?
Me encuentro rodeada de personas, mis amigos, todos ríen. Aunque no sé qué me causó tanta gracia, río con ellos. Tenemos esa risa exagerada, estrepitosa, propia de aquellos cuyas venas tienen la cantidad justa de alcohol. 

—Vamos al hotel —dice alguien, no logro distinguir quién. 

Le sigo con total confianza, el viaje se me hace rápido, tal vez sería más apropiado decir que no recuerdo cómo pasamos a estar en esta especie de lobby. Más personas se unieron a nosotros, no son mis amigos. La sangre de los presentes se calienta, producto del alcohol, el tono de la conversación sube. No me gusta. Las palabras pasaron a hechos, un trago cae sobre mi piel y una lengua lo recoge, siento asco. Me encuentro rodeada de personas, amigos y no-amigos, todos ríen. Yo no. 

—¡Quítate la ropa! —gritan. 

No escuchan mi negativa, pronto me veo despojada de mis prendas. Mis amigos se van, no puedo seguirlos porque unas manos más fuertes me aprisionan. Veo cómo se van, veo cómo ningún rostro se voltea a buscarme, veo lo inevitable, no deseo ver más y cierro fuertemente mis ojos. 
No sé qué pasó, no quiero saberlo. Estoy sola con este rastro a sudor ajeno, con estas huellas que ya no podré borrar. De tantas cosas que decidí olvidar, no recuerdo cómo llegar a la habitación. Subo al ascensor, son demasiados pisos para revisar uno por uno, presiono un botón al azar, una estrategia tan buena como cualquier otra. 

—Aquí no es. Piso equivocado. ¡Aquí no es! ¡AQUÍ NO ES! —voces anónimas me llenan de desesperanza. 

Veo por un hueco, está justo encima de mi habitación. No sé cómo llegar allí, volver sobre mis pasos me parece internarme otra vez en el laberinto. El agujero es grande, con poco esfuerzo entro y caigo en una cama. Todos despiertan, me miran en silencio, como si entrar de esa forma fuese normal. 

—Me voy a bañar —digo, con una sonrisa que no debería tener. 

Intentan detenerme, no es mi turno de bañarme, soy una exagerada, solo fue un poco de licor. Ignoro sus palabras y entro a la ducha, deseando ahogarme. 
Abro los ojos, estoy en mi cama y no puedo respirar.


II

Abro los ojos, ¿dónde estoy hoy? 
Siempre me dije que los funerales no eran lo mío, nunca fui a uno, nunca iría a uno, ¿qué me hizo romper mi palabra? Tengo lágrimas en los ojos, busco con la mirada entre los presentes, para saber quién falta. La realidad me toma por sorpresa. No puede ser ella, pero lo es. 

—No hay nada para comer —mi padre comenta, preocupado. 

No podría importarme menos, quiero preguntarle qué hace allí, pero la pregunta muere en mi garganta. Ha pasado poco tiempo desde que la enterramos, desearía recordar si plantaron un árbol en su tumba, como ella quería. Dentro de mí algo me dice que no, tampoco me importa mucho. 
Algo más ocupa mi mente en estos momentos, tengo una pluma y una hoja, intento escribir. Líneas con puros garabatos van apareciendo ante mis ojos, a pesar de ser frases coherentes en mi mente. Empiezo a frustrarme y presiono con mayor fuerza el bolígrafo hasta que se rompe. 

—Tranquila, mira, como nuevo —unas manos suaves toman las dos partes, uniéndolas. 

Miro a mi hermano, hace cinco segundos no estaba a mi lado, ¿o siempre lo estuvo? La tinta fluye como si nunca se hubiese roto su contendor, nuevos garabatos aparecen. La frustración ahora es contra mí, estoy quebrada, arreglarme no es tan sencillo y lo sé. 
Abro los ojos, estoy en mi cama y lloro.


III 

Abro los ojos, ¿dónde estoy hoy? 
Qué acogedora es esta casa, la familia en ella se ve tan feliz, después de mucho ahorrar lograron tener su pequeño sueño. Es una pena. Cuando supieron que la casa venía con personal de limpieza, no hicieron muchas preguntas. A caballo regalado no se le mira colmillo. Es una pena. 
Todo iba bastante bien, el padre traía el pan a la casa, la madre se quedaba con su hijo, aunque estaba considerando volver a trabajar, tener alguien más le permitía esa posibilidad. La señora, como le decían, era hartamente halagada. Una experta tanto en la cocina como en la limpieza. Todo iba bastante bien, hasta que la voz comenzó a susurrarle que era hora. 
El reporte oficial diría que fue un trágico caso de homicidio seguido de suicidio. Problemas de dinero, alcohol, fue demasiado. El hijo, envenenado, fue encontrado en su silla alta, como si durmiese después de comer. La madre, apuñalada múltiples veces, en la sala. El padre colgaba de una viga, su cinturón dejando una visible marca. Una muestra clásica de la desesperación. Nadie supo jamás que existiese alguna criada en ese hogar. 
Abro los ojos, estoy en mi cama y con cada parpadeo las escenas se repiten.

miércoles, 17 de agosto de 2016

El fin

Las historias que narran el fin del mundo nunca terminan con el mundo finalizando, siempre hay un giro pocos minutos antes donde el supuesto apocalipsis en realidad era solo una especie de lección por aprender. La población se ve infinitamente disminuida, eso sí, para añadir drama al asunto, pero unos pocos sobreviven. El mundo sigue su curso, renovado, las personas aprenden a valorarse y querer la tierra en la que habitan. Todo es tan hermoso y conmovedor. Una bonita música de fondo acompaña a los supervivientes mientras miran el amanecer. Este relato no guarda ninguna lección, es solo la humanidad llegando a su inevitable desenlace. 

Cuando el primer meteorito cayó nadie supo cómo reaccionar. La teoría en la que el mundo acabaría por una roca espacial había sido científicamente discutida, debido a la protección que nos proveía Júpiter con su gran tamaño. Estaban aquellos que decían que ya había pasado una vez, los dinosaurios y su extinción era una carta usada para contraatacar a los anteriores. El segundo y tercer meteoro nos agarró todavía paralizados. El cuarto despertó, oficialmente, el pánico. 

Todo parecía una sinfonía de gritos, la gente corría de un lado al otro. Solo los más sensatos buscaban, donde podían, refugio. Así como comenzó, terminó. El reporte oficial diría que un total de 6 meteoros habían impactado con la tierra mientras otros 4 habían pasado lo suficientemente cerca para ser visibles a plena luz del día. Nadie sabía exactamente qué hacer. ¿Sería como los terremotos, con réplicas? Nadie era experto en desastres naturales, e incluso siéndolo, no había una guía de “Antes/Durante/Después en caso de lluvia de meteoritos”. Cinco, diez minutos, nada sucedía, pero nadie se atrevía a moverse. 

Como en cámara lenta la gente empezó a regresar a las calles, algunos felices de ver todo finalizar, otros tenían miedo de tener otra roca enorme amenazando con aplastarlos. Lo que no cruzaba por la mente de casi nadie era la ruina que ya había sido causada. Entre el golpe y las olas de impacto, muchas vidas se perdieron, daños materiales millonarios clamaban por ser reparados. ¿Sería posible volver a lo que era antes? 

La respuesta fue sí, a pesar del tiempo que tardó, todo regresó más o menos a la normalidad. Las muertes fueron lloradas y el dinero gastado en arreglar todo lo que el desastre les había intentado arrebatar. Transcurrieron los años y los meteoros pasaron a ser parte de la historia, algo para contar y recordar, solo un hecho más en el pasado de la humanidad. Humanidad que no sabía la enfermedad terminal de la que era presa. 


miércoles, 27 de abril de 2016

La Profecía de la Rosa


―No puedo dormir.
―¿Quieres un cuento? Puedes ser una princesa.
―¡Sí! 

En un reino no tan lejano de nosotros vivía una niña para nada común. Ella era la princesa, ¡nada más y nada menos! Quizás eso suene bastante común si eres de esta tierra, donde los castillos y sus monarquías abundan. Lo que la hacía extra especial era que no había más princesas, ni en ese reino ni en otros que sí estaban muy lejanos. Aunque no me creas, solo te cuento la verdad, puedes viajar un día a todos ellos y te dirán lo mismo. Por algún extraño motivo hace mucho tiempo que las princesas no nacían en cuna Real. 

Este lugar en el que vivía no era para nada perfecto, nunca saldría en el Top 10 de Reinos que la revista “Royal Times” publicaba anualmente. Su padre, y Rey, contaba con uno de los magos más sabios sobre la faz de la tierra. O por lo menos así era para nuestra pequeña princesa. Tal vez no confíes en sus criterios de sabiduría, para ella era muy importante que un mago supiera contar buenas historias. Windor, el gran sabio, tenía las mejores y más graciosas. Ya sea para dormir o para matar una tarde de aburrimiento, podía recurrir a él. 

Sin importar la opinión de Sophia, porque así se llamaba la niña, su padre tenía una opinión distinta. No había Rey más testarudo que él, por mucha paciencia que tuviera Windor de cada diez consejos que daba solo uno era escuchado. Y por si fuera poco, el consejo siempre era modificado hasta hacerlo parecer una idea original del Rey. 

Cuando los reyes supieron que esperarían al heredero del reino, ya nadie anhelaba princesas en este punto, se sintieron muy felices. Ser padres no podía ser tan difícil. Un día, cuando ya faltaba poco para el nacimiento, el mago llegó apresurado, interrumpiendo la comida. El Monarca, con obvia molestia, le hizo un gesto con la mano ordenando que se retirara. 

―Disculpe, mi señor, si usted lo desea puede esperar, pero es importante. 
―¿Qué pasa? Puedes decirme acá ―respondió dejando los cubiertos. 
―Tiene que ver con… ―miró el vientre de la reina, inseguro. 

Un gemido se escapó de los labios de la futura madre, sin embargo no pronunció palabra recordando los modales que tanto le inculcaron en su infancia. 

―¿Todo está bien? ―cuestionó el Rey, su rostro ocultaba muy bien el miedo que sentía. 
―Apareció una profecía. 

El Soberano no pudo retrasar más la reunión, no sabía lo que podía contener dicha profecía y no quería alarmar a su esposa. Se retiró junto al buen mago a su área de trabajo. Odiaba tener que entrar allí, siempre tenía un olor espantoso a incienso que lo adormecía. Se mantuvo en la puerta, lo más alejado de ese ambiente. El sabio, en su elemento, sacó un pergamino entre todas las cosas que se veían amontonadas. 

―Esto nos ha llegado del oráculo de las montañas en el sur ―le entregó el papel que decía las siguientes palabras. 

Tras muchos años las olas verán nacer la primera rosa entre tantos árboles, su fragilidad será sinónimo de transformación.

Hay un detalle de este reino no tan lejano que lo hacía distinto a los demás. Su geografía consistía en una pequeña isla cuyo perímetro estaba marcado por una amplia barrera de árboles, a diferencia de otras islas donde eran muy escasos los bosques abundantes sobre todo en tan peculiar arreglo. 

Con una gran sonrisa el Rey volvió al comedor donde su Reina había dejado de comer, preocupada por la interrupción. La expresión de su marido la confundió, aunque en el fondo sintió alivio. Todo estaba bien, no podía ser de otra forma. 

―¡Seremos padres de una hermosa niña! 

―¿Y entonces, qué pasó?
―Ve a dormir, mañana seguimos.

N/A: Si desean leer las historias tan divertidas que tiene Windor por contar, hagan click aquí 

martes, 19 de abril de 2016

Carta no entregada


Justo cuando empiezo a convencerme de poder aguantar tu ausencia, se me presentan mil señales con tu nombre. Supongo que estoy condenada a tu recuerdo, a ti. La palabra condenar suena un tanto ruda, como un castigo o una cadena que no me puedo quitar. No me viene a la mente otra que describa mi situación, lamentablemente. 

¿No te encanta la forma en la que hago sonar esas “señales” como algo necesario para pensar en ti? Con ese ego que te caracteriza probablemente me dirías que deje de mentirme. Creo que al final sabemos la verdad, quiera o no una parte de mí siempre estará contigo. 

¡Qué masoquista soy! ¿Verdad? O tal vez es mi condición de humana la que me hace ser así. Desear aquello que no puedo tener… Suena bastante propio de nuestra clase. Cuando somos bebés tenemos permitido patalear por no poder conseguir algo. Con la edad vamos aprendiendo a dejar las rabietas. Acá estoy, hablándole al papel como si fueras tú. ¿Esto contará como berrinche? Quizás. Es mi grito silencioso pidiendo explicación.

Tenía mucho tiempo sin dedicarle tantas letras juntas a alguien, una vez me dijeron que no te las merecías. No odies a quien hizo esa afirmación, era su forma de protegerme. Esa persona sabía el círculo destructivo en el que me podía meter. En el fondo rechacé su afirmación, creo que mereces aún más de lo que pueda llegar a escribirte. Yo en cambio no me siento digna de ti.

Por ahora no tengo nada más que decir, volveré a esa agradable ilusión en la que pretendo no acordarme de ti. Que tengas una buena vida mientras me doy cuenta de lo imposible que es eso.

Se despide a la nada, atentamente
K.

jueves, 7 de abril de 2016

Microrrelatos: Básicos


Todos menos uno de los presentes sabía lo que estaba pasando, cuando la segunda cachetada resonó en todo el lugar su rostro pasó de la conmoción al enojo. Por si fuera poco, la música dejó de sonar dando énfasis al penoso espectáculo. 

– Esta es la tercera y última vez que me haces algo como esto – le dijo con un tono de voz tan bajo que, de no ser por el silencio sepulcral, nadie habría escuchado.

La música siguió sonando y el alcohol fluyendo, como si nada. 

¡Qué cosas se ven en un bar a estas horas! 



Contemplé su rostro, que irradiaba felicidad. Su sueño hecho realidad, ¿cómo no ser feliz? La casa era como la habíamos imaginado, antigua pero con encanto. Blanca, tejado a dos aguas formando un triángulo, un porche de madera y a poca distancia un estanque. El interior reflejaba su sencillez: los muebles necesarios, como decoración alguna que otra foto familiar y sus amados cuadros. Desde pequeña comenzó a pintar y ahora gracias a ello tenía tan bello hogar. 

Colocó su copa de vino sobre el portavasos circular, solté una risa. Siempre tan ordenada. Lamentablemente no podía escuchar mi risa, nunca podría.


A todos nos ha pasado que llegamos a ese punto en el que toca decidir, para continuar con vida. Porque estar estancado solo es sobrevivir. El equipaje ya estaba hecho, no necesitaba más que esas maletas.

Bifurcaciones separan dos mundos que, en apariencia, no tienen nada en común. ¿Quién podría asegurar que eliges la correcta? Despedirse de todos fue lo más difícil, sin duda alguna, por pocos que fueran.

Caminar, escoger, existir. Verbos en infinitivo, decisiones que parecen infinitas. No hay vuelta atrás ni arrepentimiento que valga. La voz detrás del altoparlante hizo el último llamado, hora de abordar.




Corría, como siempre últimamente. No había nada que me motivara a huir, a menos que consideres suficiente no tener razón para quedarte. Tenía los ojos rojos. Estúpida brisa, pensé, aunque tenía rato llorando. 

Tropecé y mi cabeza conoció el pavimento. ¿Podía morir de un golpe en la cabeza? Es posible, pero no pasó. Me quedé acostado, feliz. Ahora tenía un motivo para quedarme, esa caída.

No recordaba si amanecía o atardecía, esa hora formaba una bella tonalidad en el cielo, amarillento. Me fijé en una valla, grandes letras blancas sobre un fondo azul rezaban: “Sonríe, no estás solo”.

jueves, 24 de marzo de 2016

Comunidad Blogger Venezuela - Cap. 1


Una mezcla de nervios y emoción me asaltaban esa mañana, combinado con un poquito de miedo, claro está. Mientras buscaba qué ropa usaría me cuestioné si sería lo mejor hacer esa locura. Tenía ese presentimiento que algo malo pasaría. Qué tonta me sentía. Solo era una reunión con un par de chicos como yo, ¿qué es lo peor que podía pasar? Me reí, generalmente en las historias esa pregunta solía traer cosas muy malas. 

Con 21 años ya tenía 4 años escribiendo, muy poco comparado con otros escritores que conocía. Un hobbie descubierto tardíamente que me proporcionaba mucho placer, pronto se convirtió en un sueño. Me veía a mí misma haciendo eso por siempre, publicando libros quizás. Empecé a estudiar Letras como parte de ese sueño, más adelante abrí un blog. Pero había una gran pared impidiéndome avanzar. Ese impedimento era yo, o más bien mis inseguridades. Mantuve el blog oculto al público casi 2 años antes de atreverme a dejar que alguien más viera lo que muchos llamarían un talento. Para mí nunca era suficiente. Así fue hasta el año pasado, una voz dentro de mí me dijo ¡Basta! Hice visible el blog y comencé a tomarlo como algo serio. La inseguridad seguía allí pero tenía una nueva motivación que hasta ahora no conocía.

- Kéllyta, ¿tú no tenías que salir? – Escuché la voz de mi madre sacándome de mis pensamientos.
- ¿Qué hora es?
- Las 11, ya es tarde.

Solté una grosería antes de apresurarme. ¿Por qué me costaba tanto ser puntual? Comencé a hacer cálculos mentales. Tenía que estar en Caracas a la 1, si salía ya podía llegar a tiempo. Solo me faltaba peinarme. Bueno, saliendo en treinta minutos solo llegaba un poco tarde nada más. Soy un desastre.

Cuarenta y cinco minutos después, tras una revisión en el espejo, decidí que mi aspecto no me molestaba tanto. Me despedí de mi madre con un beso y salí corriendo, vivir en San Antonio era muy tranquilo pero ir a Caracas siempre se sentía como una carrera contrarreloj, de allí mi relación amor-odio hacia la ciudad donde vivía. La fortuna estaba de mi lado, sin embargo, no había tráfico y el camino se hizo rápido. Debe ser el día, me dije. Las calles estaban bastantes vacías pero siendo domingo podía entenderlo. Hasta el metro decidió ir rápido, qué suerte. 

A la 1:05 pm ya estaba en la entrada del Parque del Este (Parque Miranda, corrigió mi mente). Se supone que allí nos debíamos reunir, ¿y si nadie venía? Me sentía bastante tonta viendo a todos lados, hasta que encontré lo que buscaba, unos jóvenes alrededor de un cartel que decía “Reunión de Bloggers 2016”. 

Vamos, no es como si te fueran a comer. 

Me acerqué a ellos con mi mejor sonrisa, podía sentir el rubor en mi cara. 

Ojalá no lo noten. ¿Qué tengo que decir?

- Hola, hola, ya llegué, no esperen más. 

Eso, un chiste malo para comenzar, perfecto.

Una chica se me acercó; era un poco más baja que yo, de tez pálida, grandes ojos negros y cabello corto oscuro. No era muy buena con los rostros pero la reconocí de la Comunidad de Bloggers venezolanos en Facebook. Por su ropa y aspecto podía pasar por una chica gótica. Se vestía bien. Me miró un poco seria, como evaluándome. 

¿Por qué me mira así? ¡Qué pena! No me veo tan mal.
 
Parecía decidir si saludarme o no. Después de aparentemente aprobar su examen, adelantó su mano.

- Oh sí, al fin llegó nuestra salvación – dijo, sarcásticamente. – Menos mal nadie necesitaba algún antídoto porque alguien estaría muerto.
- Solo llegué ligeramente tarde. – Respondí, mitad en broma y mitad en serio.
- Entonces alguien estaría ligeramente muerto.
- Como dices, agradezcamos que no me tocó traer antídotos – Estreché su mano y sonreí, me sentía mejor bromeando, ayudaba a entrar en confianza. – Mucho gusto, soy Kéllyta. – Completé un poco más seria.
- Hola, me puedes decir Hanna. Ven, ya casi estamos todos. No eres la última en llegar. Vamos a dar 10 minutos más y empezamos. – Nos acercamos al pequeño grupo que había reunido – Chicos, ella es Kéllyta, como ya les dije más adelante nos presentaremos todos debidamente.
- ¿Ya o todavía faltan más impuntuales? – Pude escuchar a alguien murmurar.

Alguien anda de mal humor, tampoco fue tanto tiempo.

Justo como sospeché, esa chica tenía cierta aura de líder. No por nada la iniciativa de reunirnos hoy había sido de ella. Me uní a los demás tras un breve saludo. Todos los nervios que había perdido hablando con Hanna habían regresado, estar rodeada de muchas personas me atemorizaba. 

- ¿Kelly? – Una voz, masculina, me hizo pegar un brinco. – Tranquila, tranquila, soy John, ¿recuerdas? Me dijiste que viniera. Perdón por asustarse, es que eres la única que conozco de los que están acá, te reconocí por tu foto.

Me voltee y me encontré con un chico más bajo que yo, de complexión un tanto musculosa. Sus ojos eran bastante verdes, cabello castaño oscuro y su piel tostada.  A diferencia de él, yo nunca lo había visto en fotos. Con el entusiasmo del día ni siquiera me había molestado en confirmar su asistencia. Habíamos interactuado frecuentemente en nuestros blogs ya que, como el mío, el suyo también tenía un estilo narrativo un tanto oscuro.

- Luces como si te fuesen a hacer algo terrible, deberías relajarte mujer. – Bromeó.
- ¡Qué malo! Es que las multitudes me alteran.
- ¿Multitudes? ¿Has mirado alrededor? Estamos en el Parque Miranda, un domingo, y esto está vacío. Casi somos los únicos. Quizás la señorita Hanna armó todo esto para secuestrarnos como ha secuestrado a toda Caracas.

Una alarma en mi cabeza empezó a sonar, ya había visitado este parque antes un domingo y era cierto. La gente venía aquí con sus hijos los domingos a hacer deportes y recrearse. Empecé a hacer memoria, la camioneta en la que bajé tardó bastante en llenar pero lo atribuí al día, así como la poca gente en el metro. 

No hay que ser paranoicos, es domingo y es perfectamente normal. La gente escogió estar hoy en casa. 

John empezó a reír.

- Debiste ver tu cara, bájale a tus nervios, solo bromeo.
- Ja ja, no me simpatizas. Me debes una.
- No deberías bromear con eso – nos interrumpió una voz a nuestro lado, con un toque de acento de los Andes – ¿Te imaginas que hoy se formara alguna protesta?

Me sorprendió un poco el comentario, tan directo. Hice memoria a ver si recordaba a la chica pero no se me hacía familiar. Por la mirada de John, él tampoco la reconocía. Usaba lentes, tenía el cabello castaño liso y piel clara. Lo que más llamaba mi atención era su rostro, lucía como el de una chica muy joven, el que estuviera comiendo chocolate no ayudaba. ¿Acaso tenía ya 18 años?

- Intentaba romper el hielo, solo es un día tranquilo y ya – respondió John después de sacudirse la extrañeza.   

La chica lo ignoró, o más acertado sería decir que se distrajo con su dulce. Empezó a llegar un poco más de gente, reclamando nuestra atención. Hanna finalmente alzó la voz para sugerir que entráramos al parque. Como si de una orden se tratara, empezamos a andar. Una chica corrió hacia nosotros.

- ¡Ya va! ¡Espérenme! – Se había quedado sin aliento la pobre, me recordó a mí cada vez que llegaba a un lugar tarde.
- Hola Génesis, ¿qué pasó? ¿Te perdiste? Me tenías un poco preocupada – le dijo Hanna, al parecer ya se conocían.
- Fue culpa del metro, tenía retraso, no sé qué pasaba. Ustedes los caraqueños son muy valientes. 

Finalmente entramos al parque, la idea era compartir una comida y conversar del mundo blogger y de cada uno. Yo esperaba formar nuevas amistades entre esa gente con la que compartía algo en común, el amor por la escritura y los libros. Escogimos un sitio donde había una porción grande de grama para sentarnos en círculo, algo alejados de todos, protegidos por una colina de miradas curiosas. Hubo un par de personas que pusieron mala cara pero se sentaron también, refunfuñando. ¿Qué parte de “parque” no entendían? Quizás esperaban sillas cubiertas de terciopelo. Yo no puse objeciones y me senté sin más.

Fashion bloggers, seguro. 

- Ahora que estamos aquí, bienvenidos oficialmente a la primera Reunión de Bloggers. Yo soy Hanna, como todos ya saben, de “Hanna Blog”. Me gusta mucho leer y tomar fotos, con mi blog deseo hacer llegar el amor por la lectura a todos los jóvenes como nosotros. ¿Qué les parece si cada uno se va presentando y haciendo una pequeña descripción de su blog?

Oh no, presentarme. No me gusta cómo suena eso. 

Aparentemente, como yo, ninguno encontraba atractiva esa idea, o simplemente no deseaban ir primero.

- Me hubiesen dicho que ya se conocían todos y no hacíamos esta reunión, podemos irnos entonces.
- Baja un poco tu sarcasmo Hanna que van a creer que eres un ogro – dijo un chico, su acento delataba que era del estado Zulia.

Afortunadamente eso bajó la tensión y todos nos reímos. El mismo muchacho que comentó eso se levantó. Era muy alto, pero aparte de eso, su aspecto era “común”, ojos y cabello castaño corto, delgado. 

- Voy yo primero, para que dejes de quejarte. Hola, hola. Mi nombre es Alan, mi blog es “Tinta nocturna”. En él hay libros, hay cine, hay historias, hay música. Y no sé qué más quieres que digamos, esto parece reunión de AA. – Se sentó de nuevo.
- Con respecto a eso de música, ya te dije que hay que revisar tus gustos. – Le molestó Hanna, haciendo comillas con la palabra música. 

Yo no terminaba de agarrar suficiente ánimo para presentarme, distintas frases graciosas me pasaban por la mente y ninguna me convencía. Dejé que otros tomaran mi lugar. Entre una de esas personas le tocó a una chica bajita y delgada, morena de piel. Era de las que tenía mala cara cuando nos tuvimos que sentar, ahora portaba una sonrisa enorme. 

¿Tendrá doble personalidad?
 
- Yo soy Betty, tengo poco tiempo en este mundo de los blogs. Descubrí lo divertido que era leer y eso me llevó a abrir “El amor a un libro”. Soy del estado Vargas. Mi color favorito es el fucsia. ¡Y ya! 

Una vez alguien me dijo que me creía diferente por leer, cuánto me gustaría mostrarle la cantidad de personas que disfrutan de ese hobbie como yo. Cualquier mal presentimiento de la mañana, ahora lo había olvidado por completo.

John me dio un pequeño golpe y regresé al mundo real.

- Después de mí vas tú, prepárate.
- ¿Cómo?

Se levantó, aclarándose la garganta. Tenía un aspecto serio y tranquilo.

- Buenas tardes, mi nombre es John, pero hay demasiados John en el mundo así que prefiero Serazor. Mi blog se llama “La Mitología Serazor” y en él escribo casi cualquier cosa que me venga a la mente, por lo general cosas que pueden causar ganas de fumar un cigarro mientras escuchas las canciones que le dedicaste a tu ex. Ella es Kéllyta, ¿verdad? – Me señaló y yo me sonrojé, aún no estaba preparada pero ahora todos me veían así que me paré.
- Sí, yo soy Kéllyta. Hola. Me daba miedo venir porque creí que me secuestrarían. – Me reí nerviosa, un par de risas me acompañaron, apoyándome – mi blog es “The Girl with the Fairy Tattoo”, escribo relatos y reflexiones de la vida. Eso, sí.

Me senté rápido, suspirando. Lo peor ya había pasado, creí. Me concentré en seguir escuchando las presentaciones.

- Creo que me toca, soy Génesis y vengo de un poco lejos, de Maracaibo. Es mi primera vez en Caracas. Como a muchos acá también me gusta leer y en mi blog hago booktags, reseñas y cosas relacionadas con libros o cine. – Era la chica que había llegado de última, me agradaba su aspecto, parecía una persona sencilla y agradable. Una parte de mí, esa que era intuitiva, sentía que se mostraba distante - ¡Ah sí! Mi blog es “Ojos soñadores”.

Todavía faltaban varias personas, sentí que cumplía una meta personal al no ser la última en ponerse de pie. Es verdad que había sido presionada por John, pero era un inicio alentador. Noté que la chica del chocolate aún no se había levantado, quizás necesitaba un empujón como yo.

- Buenas tardes, me llamo Gisselle. Me gusta mucho la música, toco el clarinete. Mi blog es “Una Travesía Literaria” porque sí, me gusta leer. Soy de la ciudad que protagoniza Oficina Nro. 1, de Miguel Otero Silva, El Tigre. – A medida que iba avanzando, hablaba cada vez más rápido, quizás producto de la emoción.
- Hey, tú, ¿no te vas a presentar? – No pude evitar acercarme a ella, por lo que lograba observar solo faltaba una o dos personas más.

Me vio, como si despertara de un sueño, y me sonrió. Por respuesta lo único que obtuve fue verla levantarse.

- Hasta ahora todos me han caído muy bien, aunque algo me dice que él es muy mayor para estar con nosotros y tampoco se ha presentado – dijo señalando a un joven – yo soy Jessy, de La Victoria, mi blog es “Viajemos entre páginas”. 

Para ser justos, sí luce un poco mayor.

Todos nos quedamos en shock mientras ella se sentaba, como si nada. Sin saber qué decir, pasó un segundo hasta que una risa rompió la tensión.

- Un poco muy honesta, ¿no? Creo que acabo de ganar el premio a la mejor introducción. – Era el no-tan-joven en cuestión. Un poco más alto que Alan, con lentes y una barba descuidada que quizás era la culpable de su aspecto “mayor” – Mi nombre es Ramón, tengo 25 años así que no soy tan viejo, ¿ok? Como Jess, soy de Aragua. No tengo blog pero también me gustan los libros y he pensado abrir uno. 

Así que el malhumorado de antes eras tú, intruso.

Al finalizar las presentaciones comenzaron las distintas actividades que se traían preparadas. Entre algunos juegos para romper el hielo, lecturas conjuntas, trivias, debates y otros pronto se nos hizo las 3 de la tarde. La estaba pasando muy bien. El parque cerraba a las 4:30 y a esa hora planeábamos irnos. Lo último en la agenda era el compartir de comida. Distintos grupos se dispersaron, mucho más cómodos. Por algún motivo Hanna, Génesis, John y yo terminamos juntándonos. 

- ¿Y si vamos al cine? – Comencé a decir – Podemos decirle a todos y que vengan los que estén interesados, aún es temprano y...

Algo interrumpió mis palabras, un grito. Todos nos pusimos alerta, alarmados por la súbita perturbación. 

- Eso no ha sonado como alguien pasando un buen rato en el parque – dijo John sin perder su habitual sarcasmo, pero sin burla.
- Para nada, quizás deberíamos ir a ver – sugirió no muy convencida Génesis.
- Tal vez alguien se cayó, vamos. – Sentenció Hanna llevando la delantera.
- Hey, espérenme, no es seguro – Ramón se acercó, tomando a Hanna por la muñeca para colocarse al frente. 

La seguimos a pesar que el miedo aceleraba nuestros corazones, por mucho que lo intentáramos ocultar. Ese grito tampoco parecía el de alguien cayéndose. Lo que vimos al terminar de subir la colina, que nos separaba del resto del parque, nos heló la sangre. Estuve a punto de gritar de no ser por la mano de John tapando mi boca. Era una persona. Y entre sus manos se encontraba la cabeza de lo que antes había emitido un grito, una mujer. 

Alguien jaló mi camisa, corrí con la mente nublada. Imposible, repetía la voz en mi cabeza una y otra vez. Sin querer había empezado a llorar. Algo en mí sabía que esto no era un sueño. Peor aún, algo dentro de mí presentía que todo esto pasaría. Nadie nos iba a creer, era todo lo que podía pensar mientras llegábamos al grupo de bloggers con el que felizmente nos habíamos reunido. ¿Qué íbamos a hacer ahora?

lunes, 14 de marzo de 2016

Otra carta de amor

Querido o querida,

El amor nunca será lo que esperabas de él. Y con ello no quiero que creas que esta afirmación significará algo malo para ti. Las expectativas fueron hechas para dos cosas, bien para decepcionarte o para impresionarte. 
 
Por todos lados te van a bombardear con concepciones del amor, ninguna de ellas es cierta y a la vez todas lo son. No pretendo confundirte y disculpa si eso he hecho. Aunque termines de leer estas palabras y sigas sin entender, no te desanimes. Eventualmente lo harás. Recurre a cada gramo de paciencia en ti. Valdrá la pena.. 
 
Antes llegué a ver una o dos telenovelas, no sé si seguirán siendo iguales. Una chica, desamparada, tiene un encuentro fortuito con un flamante, casi perfecto, chico. Otra persona, el malvado de turno, quiere conseguir bajo cualquier concepto a uno de los dos. Logra interponerse entre ambos con muchas artimañas que al final son descubiertas. El amor triunfa, fin.. 
 
Las relaciones en los libros pueden ser más variadas, y en oportunidades extensas. Dos personas que se odiaban terminan amándose. Dos personas que no debían estar juntas, lo están, luchando contra la sociedad. Uno de ellos, con problemas personales del pasado, descubre a través de esa otra persona que es posible abrirse sentimentalmente. El amor triunfa, fin.. 
 
Las películas, dependiendo de cuál veas, pueden dar distintos giros también. Relaciones que terminan y vuelven y terminan y vuelven, madurando en el proceso. Jóvenes que se encuentran a sí mismos gracias a su relación. Descubrir esa persona donde menos lo esperaban. El mundo cayéndose a pedazos pero al final los dos héroes le ganan al apocalipsis. El amor triunfa, fin.. 
 
Yo aún no encuentro mi concepto de amor, y si lo hiciera no te lo diría. Quizás no te funcionaría así que no gastaré mis letras en ello. 

Solo deseaba escribirte para pedirte lo siguiente:
  • No te rindas con el amor, ya sea que tú llegues a él o viceversa, allí está y tarde o temprano tropezarán. 
  • Si tu amor es junto a alguien, ama a esa persona, sin limitarte ni un poquito. Aunque temas que no funcione al final.
  • Si tu amor es junto a ti, ámate, con todas tus fuerzas. No esperes que nadie más lo haga por ti.
  • Si tu amor es junto a mí… Ámame, prometo amarte de regreso.
Atentamente, suya

viernes, 26 de febrero de 2016

Contemplar

Acaricié su cuello, como de costumbre cuando estaba pensando en algo. Hoy, sin embargo, ese gesto ocultaba más de lo que me atrevía a expresar antes. Un deseo no dicho que salía a la luz. ¡Cuán molesta me parecía esa inocencia que irradiaba su infantil rostro! Sabía la mentira que había detrás, lo que antes me parecía adorable ahora era un insulto. Un escupitajo en la cara me habría ofendido menos.

Intento mirar atrás para buscar el momento que nos trajo aquí. Después de tres años de relación, todo parecía ir viento en popa. Planes de boda, un piso compartido, el futuro era nuestro. Grave error el mío. Vivíamos una ilusión alimentada por las sonrisas, los constantes halagos y los besos. Nadie pudo adivinar que esto terminaría así. O quizás todos lo vieron venir menos yo.

¿En qué momento decidí que debía morir?

Cuando era pequeña tuve una vida bastante normal. La gente suele confundir lo normal con lo que está bien. Mi padre engañó a mi madre con cuanta mujer se le cruzó. Tras una veintena de años, y su única hija ya mayor, se cansaron de fingir. No notaron que la supuesta inocencia que trataban de conservar en mí había muerto hace mucho tiempo. Lo odié a él por traicionar tantas veces algo que debía ser sagrado. La odié a ella por llorar y dejar que siguiera haciéndolo.

Tuve varias relaciones en mi vida, más de las que cualquiera consideraría aceptable. Con nadie duré más de un par de meses. Problemas de confianza, decía mi psicólogo. Nadie vale la pena, le respondí yo. Si les daba un poco más de espacio, me engañarían o me dejarían. Es el fin inevitable a todas las relaciones.

¿Por qué imagino que mis manos cortan el aire que necesita para vivir?

Yo no sentí que nada fuera en serio, a nadie le dejé ver quien realmente era. No creía en el amor, ni todo lo que conllevaba. O así me mentí hasta que la conocí. Ya había salido con chicas antes, jamás me dejé poner una etiqueta. Ella era distinta, no me veía como un buen momento y ya. En cierto modo parecía una niña, aunque era un par de años mayor. Tal vez su sonrisa me dio esa impresión.

Solo después de dos meses saliendo me atreví a besarla, o algo así, tan solo fue un roce de labios. Temí haber interpretado mal las señales, temí estar apresurando las cosas, temí su rechazo. Pero si algo me daba mucho más miedo era, definitivamente, ser aceptada, un terreno completamente desconocido. Cuando decidí alejarme jaló tímidamente mi camisa y nos besamos de nuevo.

¿Su muerte borraría esa mueca casi irónica?

Teníamos 5 meses la primera vez que sentí me engañaba, me dijo que era mentira, que yo era la única. Le creí. A pesar de los mensajes que enviaba constantemente cuando aparentemente yo no la veía, aunque cada vez pasaba menos tiempo conmigo por excusas poco creíbles. Todavía me sentía en una relación de ensueño y descarté mis dudas con extrema facilidad. Volvimos a estar felices, sin nubes ensombreciendo. 

Al pasar el año me sorprendí, las cosas se pusieron más serias. Empezamos a hablar de a dónde queríamos llegar. O quizás sería más acertado decir que empecé a hablar del futuro. Solo ahora puedo notar el fastidio que le provocaba ese tema. Nos mudamos juntas, más por insistencia mía que por su interés. Me sentía bien, cómoda en nuestra rutina diaria. 

¿Acaso debía ser así nuestro fin?

La encontré en nuestra cama, junto a él. Era su mejor amigo, su compañero de la universidad. Al graduarse, siendo los mejores de su clase, encontraron trabajo en la misma empresa de publicidad. Al principio lo celé, tanto tiempo compartido y gustos en común eran intimidantes. Ella me convenció de lo contrario, nunca lo vería de una forma distinta a lo que era, su amigo. 

Argumentó pasar por una fase de experimentación, antes de mí nunca había estado con nadie, ni hombre ni mujer. Un par de copas en celebración de un gran contrato los había llevado hasta nuestro apartamento. Él se declaró y la besó, ella no pudo detenerlo. El alcohol nubló su visión, pero no le gustaba, en serio. Jamás podría hacerlo de nuevo. 

¿Dónde quedaron tus mentiras ahora?

Tantas noches esperé que se durmiera para poder llorar sin ser notada. Ella seguía siendo la misma de siempre, con su cara de ángel. Le pedí que parara de verlo y me trató como a una loca, no podía exigirle que dejara su trabajo. Pasaba poco tiempo en casa, solo para dormir. Yo era un accesorio más en su vida. 

Se hicieron más evidentes los continuos engaños. Casi ni se molestaba en excusarse y yo dejé de exigirle una excusa. Me conformaba con su supuesto amor hacia mí. Una noche mis compañeros de trabajo organizaron una fiesta, yo fui buscando distracción. Al llegar al piso ya ella había llegado, se molestó porque yo no le había notificado dónde estaba. Peleamos. Me sacó en cara que seguía teniendo relaciones con su “amigo” y con muchos más. Esa fue la gota que colmó el vaso. La llamé zorra. Mi mejilla quedó marcada por su cachetada. Estaba harta de todo eso, no pude soportarlo más. 

¿En quién me convertí?

Siempre me gustó su rostro infantil, inocente. Sobre todo cuando dormía, podía pasar mucho tiempo viéndola. Acaricié su cuello largo rato, pensando, recordando.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Nubes en el cielo


Nuestras manos una sobre la otra, sin entrelazarlas, solo rozándonos, un pequeño recordatorio que decía: “estoy aquí”. Veíamos el cielo, en silencio, era algo que solíamos hacer mucho. Hay parejas que duran poco, tal vez porque hablan mucho sin decir nada. El entendimiento que teníamos cruzaba la barrera del sonido, a pesar de la falta de palabras sabíamos que pensábamos lo mismo. Por una parte había preocupación… ¿Y ahora qué? Pero otra simplemente se sentía en paz, al fin habíamos dado ese paso que nos separaba y el resto parecía insignificante.

Por lo general buscábamos formas en las nubes, como niños. Íbamos de las más normales, como un conejo, hasta las extravagantes, como un ejército de alienígenas en forma de vacas-pulpo de dos cabezas. Se volvía una competencia por encontrar la mejor. Quien ganaba recibía un chocolate del perdedor. Era una de esas cosas que compartíamos en secreto, nuestro ritual especial.  

-          Ese parece un perro haciendo malabares sobre un avión.

-          ¡Vamos! ¿Eso es lo mejor que tienes? Allá está el rayo de Zeus impactando sobre los troyanos.

Nunca entendí su amor por la mitología griega, así como mi fascinación por el mágico mundo de Harry Potter le parecía inexplicable. Cada vez que una película nueva de la saga salía, le invitaba. Siempre se quejaba de tener que sufrir esa tortura de nuevo, así como de mis quejas por la diferencia con los libros. Por mi parte yo era su acompañante en cada estreno de Percy Jackson, Furia de titanes o cualquier otro título que tuviera, por lo menos, algo que ver con mitología. Pacientemente le escuché despotricar acerca de lo que “ellos” (refiriéndose a Hollywood, obviamente) hacían contra los clásicos con sus adaptaciones raras. Jamás ninguno rechazó la oferta del otro.

-          ¡Basta! Gané y lo sabes.

-          Hoy me siento de buenas y lo dejaré pasar, pero mi rayo le ganó a tu perro malabarista. Por mucho.

-          Me debes mi premio.

-          Tienes suerte, hoy traje algo. Cierra los ojos.

-          No me digas que conseguiste chocolate amargo, es mi favorito.

-          Cierra los ojos, anda.


Todo parecía tan irreal y a la vez se sentía sumamente natural. Como si ese beso que había recibido de su parte fuese algo que hiciéramos de forma regular. ¿En verdad este tipo de cosas pasaban? Me sentía parte de una película cliché romántica. Ahora que lo pienso, pude recordar los nervios que noté cuando me pidió que cerrara mis párpados, un ligero titubeo. Y eso del rayo en las nubes ya lo había usado en otro juego, me había dejado ganar, algo que nunca permitíamos.

-          ¡Mira! ¡Hay un cerdito con cola de castor!

Su voz rompió el silencio, aunque temblorosa, no me pareció la de una persona extraña. Solo se sentía como una invitación, una pregunta suspendida en el aire.

-          No consigo nada, creo que has ganado.

El segundo beso lo inicié yo.